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El valor de los que no tiemblan

Rolando Espinal

Por: Rolando Espinal.

En exclusiva para Foco Público

Hay preguntas que nos encuentran en la madrugada, cuando el insomnio desenreda las certezas y el silencio se vuelve cómplice de la verdad. Una de ellas, la más antigua y la más reciente, es esta: ¿qué sostiene a quien no tiembla cuando todo a su alrededor se desmorona? ¿Qué habita en el pecho del que mira el abismo y no retrocede, del que sabe que el presente duele pero el futuro no le aterra?

La hipótesis que guía esta reflexión es audaz y, quizá por eso, incómoda: quien no teme es porque está firme en la esperanza de un presente y un futuro mejor. No se trata de un optimismo ingenuo, de esa alegría superficial que ignora la realidad. Se trata de algo más profundo, más antiguo, más costoso: una virtud que los teólogos llaman teologal y los filósofos, simplemente, humana. La esperanza.

Pero la esperanza, como toda virtud verdadera, no viene sola. Lleva consigo un compañero incómodo: el temor. No cualquier temor, sino aquel que los salmistas llamaban “temor de Jehová”: esa reverencia profunda que no es miedo servil sino reconocimiento de la grandeza. Porque quien espera en Dios ha aprendido a temerle a Él, y en ese temor encuentra la única seguridad que no falla. Como está escrito: “En el temor de Jehová está la fuerte confianza; y esperanza tendrán sus hijos” (Proverbios 14:26, Reina-Valera 1960). La tesis que propongo —sometida al rigor de las ciencias humanas y verificada en la experiencia vivida— es que el miedo al mundo se disuelve cuando el temor a Dios, entendido como reverencia, confianza y entrega, ocupa su lugar. Esa sustitución solo es posible cuando la esperanza, alimentada por la fe y la caridad, se convierte en el ancla del alma. Quien no teme, en definitiva, no es un temerario ni un insensato: es alguien que ha puesto su esperanza en algo —o Alguien— más grande que el terror.

La antropología nos enseña que el miedo es constitutivo del ser humano. No es un accidente ni un defecto: es una señal. Pedro Laín Entralgo, el gran médico y humanista español, lo comprendió con claridad meridiana: la existencia humana es temporal, el futuro es imprevisible, y en esa incertidumbre germina el miedo. Cuando la confianza falla y la sospecha predomina, el miedo se convierte en angustia; y la angustia, en sus formas más agudas, es el miedo ante la nada, el no ser.

Pero el miedo no es solo un fenómeno individual. Es también cultural, político, colectivo. Byung-Chul Han, en El espíritu de la esperanza, ha descrito cómo nuestra época —la era de la información, la conectividad permanente, la ansiedad digital— ha multiplicado los objetos del miedo sin ofrecer herramientas para enfrentarlos. Tememos al futuro porque no lo controlamos; tememos al presente porque no lo disfrutamos; tememos al pasado porque no lo hemos perdonado.

Y sin embargo, el ser humano no puede vivir sin esperanza. Laín Entralgo lo afirmó con rotundidad: el hombre no puede no esperar. Hasta el suicida espera —solo que espera un modo de ser más satisfactorio que la vida que le desespera. Hasta en el gesto más desesperado hay un residuo de esperanza, una aspiración torcida pero real a algo mejor. La esperanza, pues, no es un lujo: es una necesidad antropológica. Es la estofa de la que está hecha nuestra alma, como dijo Gabriel Marcel.

Para que la esperanza deje de ser un mero deseo y se convierta en fuerza transformadora, debe ser virtud. Y aquí la teología moral, en la estela de Santo Tomás de Aquino, nos ofrece una distinción fundamental. La esperanza, como virtud teologal, no es un sentimiento pasajero ni una ilusión autogenerada: es la virtud por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra. Santo Tomás, en su Suma Teológica, distingue cuidadosamente la esperanza de otras disposiciones del alma. No es optimismo ni positivismo; no es la creencia ingenua de que todo saldrá bien porque sí. La esperanza teologal tiene un objeto y un fundamento: Dios mismo. Es, por tanto, un don: algo que se recibe, no algo que se fabrica.

Pero la esperanza, como toda virtud, se ejercita. Se cultiva en la oración, se fortalece en la prueba, se purifica en el sufrimiento. No es una certeza intelectual —de esas que poseen los agnósticos cuando dicen “no sé”— sino una certeza existencial: la confianza firme en que Aquel que prometió es fiel. Esta confianza, paradójicamente, convive con el temor. No con el miedo servil, sino con el temor filial, ese que no es contrario a la esperanza sino que la acompaña y la protege.

Las tres grandes religiones abrahámicas —judaísmo, cristianismo e islam— coinciden en una paradoja fundamental: el temor a Dios es el principio de la sabiduría, y quien teme a Dios no tiene por qué temer a nada más. En el judaísmo, el yirat Adonai no es terror sino asombro reverente ante la santidad de Dios. Es la conciencia de que el Creador es infinitamente grande y el hombre, infinitamente pequeño; pero también es la certeza de que ese Dios infinito ha establecido una alianza con su pueblo. El salmista lo expresa con belleza inigualable: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Salmo 27:1, Reina-Valera 1960). En el temor a Dios, paradójicamente, el hombre encuentra protección.

El cristianismo radicaliza esta paradoja. El temor a Dios no es el miedo del esclavo al amo, sino el asombro del hijo ante el Padre. San Juan escribe: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18, Reina-Valera 1960). Pero el mismo Jesús enseña: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28, Reina-Valera 1960). No hay contradicción: hay dos temores. Uno es el miedo servil, que paraliza y aleja; el otro es el temor filial, que asombra y acerca. El primero es incompatible con la esperanza; el segundo, su condición de posibilidad.

El islam, por su parte, habla del taqwa: la piedad que nace del temor a Dios y que lleva al creyente a vivir en vigilancia y rectitud. No es un temor que anule la esperanza, sino que la purifica. Quien teme a Dios sabe que Él es el Único que puede salvar y el Único que puede condenar; y en esa conciencia, la esperanza se vuelve humilde y sincera.

En las tres tradiciones, la fórmula es la misma: el temor a Dios es el antídoto contra todos los demás temores. Quien ha puesto su esperanza en el Señor no teme al presente porque sabe que Dios está en él; no teme al futuro porque sabe que Dios lo sostiene.

Pero no todos los hombres creen. Y la pregunta, entonces, se vuelve más difícil: ¿puede haber esperanza sin Dios? ¿Puede quien no conoce al Trascendente vivir sin miedo?

El agnosticismo, en su forma más honesta, no es indiferencia sino búsqueda. Antonio Machado encarnó ese agnosticismo inconforme, un agnosticismo que quiere dejar de ser tal, un agnosticismo con anhelos metafísicos. Machado sabía que la ausencia de trascendencia no ofrece tranquilidad, sino tedio y resignación ante la realidad cambiante. El agnóstico que se toma en serio su no-saber experimenta un vacío, una sed de trascendencia no saciada y, a la vez, esperanza como anhelo de trascendencia.

El filósofo contemporáneo ha señalado que el agnosticismo no tiene por qué desembocar en nihilismo. Al contrario: la incertidumbre puede abrir la puerta a una esperanza escatológica más allá de la certeza. Quien no sabe si Dios existe puede, sin embargo, esperar que exista. Puede vivir “como si” el bien triunfara, “como si” la justicia prevaleciera, “como si” el amor fuera más fuerte que la muerte. Esa esperanza sin certeza no es menos real que la esperanza del creyente; es, quizá, más frágil, pero también, en cierto sentido, más heroica.

Sin embargo, y aquí está el límite del agnosticismo, la esperanza sin objeto trascendente corre el riesgo de disolverse en el primer golpe de la realidad. Si el sentido de la vida es solo el que el hombre construye, cuando el hombre fracasa —y todos fracasan, tarde o temprano— el sentido se desvanece. La esperanza puramente inmanente es, como la arena, arrastrada por la marea del sufrimiento. La esperanza teologal, en cambio, ancla en la Roca.

La teología es hermosa, pero la vida es más elocuente. Por eso, permítanme contarles tres historias. Tres vidas que encarnan, cada una a su manera, la tesis que defiendo.

La primera es la de mi abuela Linda. No era teóloga ni filósofa; apenas sabía leer y escribir. Pero sabía una cosa que muchos intelectuales hemos olvidado: que la fe se demuestra con las manos. Cuando yo era niño, la veía levantarse antes del amanecer, arrodillarse junto a su cama y hablar con Dios como quien habla con un amigo. No eran oraciones ensayadas; eran conversaciones. Le contaba sus preocupaciones, sus miedos, sus esperanzas. Y luego se levantaba, se ponía el delantal y comenzaba el día.

Lo que más me marcó de mi abuela Linda no fue lo que decía, sino lo que hacía. Cuando un vecino enfermaba, ella estaba allí con una sopa. Cuando alguien perdía un ser querido, ella estaba allí con un abrazo. Cuando la comunidad pasaba por dificultades, ella estaba allí, organizando, animando, sosteniendo. Su esperanza no era una teoría: era una práctica. Era la convicción de que Dios proveería, y mientras tanto, ella era el instrumento de esa provisión. Mi abuela Linda no temía. No temía a la pobreza —había conocido peores tiempos—; no temía a la enfermedad —confiaba en que Dios la sostendría—; no temía a la muerte —sabía a quién había entregado su vida—. Su seguridad no venía de su propia fuerza, sino de su esperanza. Y su esperanza no era ingenua: era firme, probada en el fuego de una vida de entrega. Ella me enseñó que la esperanza no es un sentimiento, sino una decisión. Se decide esperar cuando todo invita a desesperar. Se decide creer cuando la evidencia parece contradecir la fe. Y esa decisión, repetida día tras día, se convierte en un hábito, y el hábito en una virtud, y la virtud en un carácter que ni el miedo más profundo puede quebrantar.

La segunda historia es la de mi padre, el hombre de quien llevo el nombre. No era un hombre de iglesia. No asistía los domingos, no conocía los credos, no podía citar las Escrituras. Pero era un hacedor de buenas obras. Mi padre entendía, quizá sin saberlo, lo que Santo Tomás enseñó: que la virtud hace bueno el acto humano. No hablaba de Dios, pero vivía como si Dios existiera. Su ética no era teórica: era práctica, concreta, encarnada. Ayudaba al que necesitaba sin preguntar su religión, su raza o su condición. Daba sin esperar recibir. Perdonaba sin condiciones. Trabajaba con integridad en un mundo donde la corrupción era moneda corriente.

Lo que mi padre me enseñó —y esto es crucial para nuestra tesis— es que la esperanza puede ser anónima. No hace falta llamarla por su nombre para que actúe. No hace falta saber que se espera en Dios para esperar, en el fondo, en Dios. Como escribió Laín Entralgo, la esperanza natural interpela y acucia a todos los hombres, y su culminación es la esperanza cristiana, pero su germen está en todo corazón humano. Mi padre no temía. No temía al fracaso —había fracasado muchas veces y siempre se había levantado—; no temía a la injusticia —confiaba en que el bien, tarde o temprano, triunfaría—; no temía a la muerte —la aceptaba como parte natural de la vida—. Su esperanza, aunque no confesada, era real. Y esa esperanza lo hacía audaz, generoso, libre.

La tercera historia es la de mi esposa. Ella es, en muchos sentidos, la antítesis de mi padre: una mujer de fe profunda, de oración constante, de iglesia fiel. Pero comparte con él lo esencial: la convicción de que sin Dios no se toman decisiones. Mi esposa tiene una regla no escrita pero inquebrantable: nunca hemos tomado una decisión importante —ni una mudanza, ni un cambio de trabajo, ni una inversión, ni una elección educativa para nuestras hijas— sin ponerla ante Dios. No es superstición; es discernimiento. Es el reconocimiento de que nuestra inteligencia es limitada, nuestra visión es corta, nuestra voluntad es frágil. Y que, por tanto, necesitamos una guía más alta.

Este hábito del discernimiento ha sido, para mí, la escuela de la esperanza. Porque cuando pones una decisión en manos de Dios, aprendes a confiar. Aprendes que no todo depende de ti. Aprendes que hay un plan más grande que tu propio plan. Y aprendes, sobre todo, a no temer al error, porque sabes que Aquel que guía tus pasos puede enderezar tus torceduras. Mi esposa me enseñó que la esperanza no es individualista. Se comparte, se negocia, se construye en común. La esperanza de ella sostuvo la mía en los momentos oscuros. Su fe alimentó mi fe. Su confianza en Dios me enseñó a confiar, primero en Él y luego en ella. La esperanza, en este sentido, es un bien relacional: no se tiene en soledad, se tiene en comunidad.

Pero no toda esperanza es virtuosa. Y aquí llegamos al núcleo más duro de nuestra reflexión.

La hipótesis inicial decía que la esperanza firme elimina el temor. Pero ¿qué ocurre cuando la esperanza se desvía? ¿Qué pasa cuando el temor a Dios —que es el fundamento de la esperanza verdadera— se pierde y solo queda el miedo al mundo? La respuesta es sombría: la esperanza sin temor a Dios termina conduciéndonos al pecado o a la destrucción de nosotros mismos, muchas veces arrastrando a otros en la caída. El pecado, en su forma más profunda, no es solo una transgresión moral: es una pérdida de orientación, un extravío del alma que ya no sabe hacia dónde mirar.

Porque el temor a Dios no es el miedo de quien se encoge ante un tirano. Es el asombro de quien reconoce que hay algo —Alguien— más grande que su propia vida. Es la certeza de que no estamos solos en el vértigo de la existencia. Y cuando ese asombro se apaga, cuando el hombre se queda solo con sus miedos pequeños y sus esperanzas diminutas, entonces todo se vuelve frágil. Entonces cualquier viento lo derriba.

He visto a hombres y mujeres poderosos temblar ante un diagnóstico médico, ante una crisis económica, ante la soledad de una noche sin sentido. He visto a los que todo lo tienen perder la paz porque no saben a quién aferrarse. Y he visto a los que nada tienen —como mi abuela Linda— dormir tranquilos porque saben que hay un Padre que vela.

No se trata de negar el miedo. Se trata de saber a quién temerle. Porque hay un temor que libera y un temor que esclaviza. Hay un temor que abre las puertas de la esperanza y un temor que las cierra para siempre.

“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Proverbios 9:10, Reina-Valera 1960). No el principio de la cobardía, sino de la sabiduría. No el principio del retroceso, sino del entendimiento. Quien teme a Dios ha aprendido la lección más profunda de la vida: que hay algo más grande que sus problemas, más fuerte que sus enemigos, más eterno que su muerte.

Al final, la pregunta no es si vamos a temer. Todos tememos. La pregunta es a quién le entregamos nuestro miedo. Si se lo entregamos al mundo, el mundo nos devorará. Si se lo entregamos a Dios, Él lo transformará en esperanza. Y esa esperanza, alimentada por la fe y sostenida por el amor, es la única fuerza que puede sostener a un ser humano cuando todo se desmorona.

Esa es la lección que me dejaron mi abuela Linda, mi padre y mi esposa. No la aprendí en los libros, aunque los libros me ayudaron a entenderla. La aprendí en la vida, en el dolor compartido, en la oración de una mujer arrodillada antes del amanecer, en el trabajo callado de un hombre que no hablaba de Dios pero vivía como si existiera, en la decisión de una familia que pone cada paso en manos de Aquel que ve más lejos.

Quien no tiembla no es porque sea valiente. Es porque ha encontrado algo —o Alguien— que vale más que su propio miedo. Y en ese hallazgo, paradójicamente, encuentra la paz que el mundo no puede dar y que el miedo no puede quitar.

Rolando Espinal

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