
Por: Rolando Espinal en exclusiva Foro público
Pero permítanme, antes de que el lector se pierda en la madeja de esta historia que parece sacada de una novela de Vargas Llosa pero con más merengue y menos metáforas, que afinemos el ojo sobre lo que realmente está pasando. Porque no se trata de un candidato, ni siquiera de un precandidato, sino de un fenómeno que desafía todas las categorías con las que los politólogos, los periodistas viejos y creadores de contenido digital, hemos aprendido a mirar la realidad. Santiago Matías, Alofoke, El Sultán, como quieran llamarlo, es hoy el nombre que no necesita pronunciarse porque ya está escrito en las paredes digitales de un país que ha decidido que la política tradicional es un café frío que nadie quiere tomar.
Hay dos maneras de llegar a un sitio que no es tu casa: llamar a la puerta y esperar que te abran, o simplemente empujarla y entrar como si hubieras pagado la hipoteca. La política dominicana, ese viejo salón de espejos donde los mismos trajes se prueban cada cuatro años con distintos botones, ha vivido siempre de la primera manera. Los partidos llaman, los ciudadanos abren, y el elegido pasa a ocupar el sillón que le corresponde por turno, como en una funeraria donde el muerto es siempre el mismo y lo que cambia es la floristería de turno. Pero he aquí que en el horizonte del 2028 asoma un nombre que no ha llamado a ninguna puerta, que no ha pedido permiso en ninguna mesa directiva, y que sin embargo ya está sentado en la sala, con los pies sobre el tapete, bebiéndose el café de la casa. Ese nombre es Santiago Matías, Alofoke para los amigos, El Sultán para los que le siguen, y un dolor de cabeza mayúsculo para los estrategas de la política tradicional que no saben qué hacer con un fenómeno que no cabe en sus manuales de campaña.
Lo curioso del asunto, y aquí el lector me permitirá una pausa para que ajuste las gafas de la observación, es que Alofoke no ha dicho todavía que quiere ser presidente. No ha colgado una pancarta, no ha grabado un comercial con música de merengue, no ha repartido blockets en los barrios. Sin embargo, la mega data, esa inteligencia fría que todo lo mide y todo lo reduce a números, lo coloca ya en todos los escenarios de las redes de sentimientos con más de un cincuenta por ciento más uno de intención de voto. Y no es cualquier cincuenta por ciento, es el de la franja más temida por los políticos viejos: los jóvenes de 18 a 40 años, esos que nacieron con el teléfono en la mano y la desconfianza en el bolsillo, esos que no votan por tradición sino por convicción, y que según los mismos estudios no solo apoyan a Santiago sino que están dispuestos a evangelizar a sus vecinos, a sus primos, a sus compañeros de trabajo, para que el día D salgan a votar por él. No me digan que esto no tiene miga, porque si la política es el arte de leer los deseos de un pueblo, aquí el pueblo ha leído primero y ha escrito el nombre antes de que el candidato sepa que está en la papeleta.
Y entonces uno se pregunta, con la ingenuidad que da el no ser político, ¿qué tiene este hombre que no tengan los demás? Porque si nos ponemos serios, y el periodismo de verdad se toma en serio aunque sea para reírse de sí mismo, hay que reconocer que Santiago Matías no es lo que la academia llamaría un intelectual. No ha escrito tratados de economía, no ha dado conferencias en el Club de Madrid, no habla con la sintaxis pulcra de los doctores en derecho constitucional. Su lenguaje, digámoslo sin eufemismos, es el de la calle, el de Capotillo, el de los barrios donde la vida no se negocia con gramáticas sino con hechos. Y sin embargo, ahí está, con sus récords Guinness de transmisiones ininterrumpidas que duran más de novecientas horas, con un imperio mediático que factura millones de dólares y que ya tiene sucursal en Miami, con un discurso reciente en el Capitolio que no fue un acto de turismo político sino una declaración de presencia, y con la simpatía abierta de la nueva embajadora que no se anda con rodeos cuando de tender puentes se trata. ¿Qué es esto si no un fenómeno sociológico en estado puro, de esos que los sociólogos estudian décadas después con la ventaja del manual y la desventaja de no haberlo vivido?
Ahora bien, para entender por qué un pueblo aspira a alguien sin que ese alguien pida permiso, hay que mirar el otro lado del espejo, ese donde los políticos tradicionales hacen sus ejercicios de contorsión para parecer nuevos cuando son viejos, para parecer honestos cuando los expedientes de la Procuraduría General de la República pesan más que su conciencia. Porque si hay algo que ha caracterizado los últimos veinte años de la vida política dominicana es la alianza perfecta entre los partidos y los empresarios, esa suerte de matrimonio por conveniencia donde la ideología se dejó en el altar y lo que quedó fue el negocio. Los gobiernos de turno han sido infiltrados por un grupo de hombres de negocios que no buscan el bien común sino el bien de sus cuentas bancarias, y los casos de corrupción que hoy ocupan los titulares de la PGR son solo la punta del iceberg de un sistema que ha hecho de la impunidad su principal herramienta de gobierno. No hay nada más sólido para este análisis que los mega casos que han salido a la luz, y los que no salen porque un manejo no justo los mantiene en el limbo de lo no procesado, esperando que el olvido haga su trabajo de sepulturero.
Y es precisamente esa bronca acumulada, ese cansancio de los mismos rostros y los mismos discursos, lo que alimenta el fenómeno Alofoke. Porque cuando un político se lanza a buscar la presidencia, lo hace con el aparato del partido detrás, con el financiamiento de los mismos empresarios de siempre, con el asesor de imagen que le corrige el gesto y el discurso escrito por un equipo de comunicadores que nunca han pisado un barrio en su vida. El político tradicional pide permiso, pide la bendición de la cúpula, pide la cuota de poder que le corresponde por antigüedad o por lealtad. En cambio, Santiago Matías no ha pedido nada, y sin embargo los jóvenes le han dado todo: su confianza, su entusiasmo, su voto anticipado en las encuestas, su disposición a hacer campaña puerta por puerta sin que nadie les haya pagado un solo peso. Esto, señores, no es política, es teología popular, es la canonización laica de un hombre que representa lo que los políticos dejaron de representar: la posibilidad de llegar sin pedigrí, de gobernar sin compromisos previos, de hablar sin guión.
Pero no nos engañemos, porque el asunto tiene sus bemoles y el periodismo honesto no puede omitirlos. Alofoke tiene debilidades, y los críticos no se cansan de señalarlas con el dedo acusador de la inteligencia bienpensante. Su formación intelectual, dicen, es débil, y su lenguaje descompuesto, y sus orígenes humildes no son un certificado de capacidad sino un recordatorio de que no ha pasado por los filtros académicos que la tradición exige. Sin embargo, y aquí está la paradoja que hace de este artículo un ejercicio de lógica e hilaridad abrazadas, esas mismas debilidades son para sus seguidores las pruebas más contundentes de su autenticidad. Porque si algo ha demostrado la historia reciente es que los intelectuales y los tecnócratas honestos, esos que tanto pedimos como alternativa, han sido barridos por la maquinaria de los partidos, han sido engullidos por el sistema de cuotas y han terminado siendo piezas de un engranaje que no les pertenece. ¿De qué sirve un tecnócrata honesto si no puede llegar al poder porque las puertas están cerradas con candados empresariales? ¿De qué sirve un doctor en economía si el partido prefiere al amigo del amigo que nunca ha leído un libro pero sabe repartir el dinero?
Y entonces, en esa encrucijada, el pueblo se inventa su propio candidato, lo levanta sin pedir permiso, lo unge con la unción de las redes sociales y lo coloca en el escenario aunque él no haya subido las escaleras. Santiago Matías es, en este sentido, el síntoma de una enfermedad que los partidos no han querido diagnosticar: la desconexión absoluta entre la clase política y la ciudadanía. Los jóvenes, que son el futuro y también el presente, ya no creen en los partidos, ya no creen en las ideologías que se cambian por negocios, ya no creen en los discursos de campaña que se olvidan al día siguiente de las elecciones. Creen en Alofoke porque Alofoke ha roto récords Guinness y eso, en la economía simbólica de la juventud, es más importante que haber aprobado un examen de oposición. Creen en él porque ha ganado millones de dólares con su trabajo, no con el presupuesto público, y eso le da una independencia que ningún político puede ostentar. Creen en él porque ha viajado a Washington, ha hablado en el Capitolio, ha sido recibido por embajadores, y todo eso sin haber pedido un solo voto, sin haber hecho una sola promesa electoral, sin haber firmado un solo pacto con los poderes fácticos.
Ahora bien, y aquí llega el momento de la conclusión que no quiere ser circular sino afilada, el proyecto 2028 tiene nombre y apellido, nos guste o no nos guste. Los datos están ahí, los estudios de redes de sentimientos están ahí, la disposición evangelizadora de los jóvenes está ahí. Si los partidos no abren los ojos y no ofrecen alternativas nuevas con tecnócratas honestos y no manchados por la corrupción, si siguen apostando a los mismos candidatos eternos que ya han demostrado su incapacidad para conectar con la gente, entonces el 2028 será el año de Santiago Matías, con todas sus luces y todas sus sombras. Que Dios nos agarre confesados, como dice el refrán popular, no porque El Sultán sea el fin del mundo, sino porque su llegada al poder sería la prueba definitiva de que el sistema político tradicional ha muerto y nadie le ha hecho el funeral. Y en ese entierro, entre risas y lágrimas, estaremos todos los que un día creímos que la política era otra cosa, para descubrir que siempre fue, simplemente, la voluntad de un pueblo que se cansa de esperar permiso y decide, por fin, entrar sin llamar.
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