Por Rolando Espinal un autor de contenido digital en exclusiva para Foco Público
Hay ideas que se leen con los ojos y verdades que se leen con la vida. Esta es de las segundas. Porque tarde o temprano todo aprendizaje desemboca en una pregunta que no admite evasión: ¿para qué? ¿Para qué acumular sabiduría si el país que habitamos se desmorona? ¿Para qué construir empresas si las instituciones que las sostienen se pudren? ¿Para qué educar a un hijo en la excelencia si ese hijo, mañana, votará por el primero que le ofrezca un pica pollo ?
El éxito individual no está completo si no se traduce en bienestar colectivo. Esa es la tesis central. La ciudadanía no es un accesorio de la vida privada; es su culminación. No se puede ser buen ciudadano si antes no se ha aprendido a ser buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen abuelo. El hogar es el primer país. La mesa familiar, la primera urna. El carácter que se forja en lo pequeño es el que se revela en lo público.
La teología clásica lo dijo antes y mejor: honrarás a tu padre y a tu madre. No es una sugerencia doméstica; es el ancla del orden social. Aristóteles trazó el mapa: la familia precede a la aldea, y la aldea precede a la polis. Confucio lo resumió en un trazo: “El hombre que no gobierna bien su casa, ¿cómo gobernará un reino?”. Los gurús modernos no han inventado nada; han redescubierto, con lenguaje de aeropuerto, lo que los clásicos sabían con lenguaje de ágora: el carácter se forja en lo pequeño y se revela en lo público.
Los datos de la Junta Central Electoral de la República Dominicana, presentados en septiembre de 2026, son una alerta que no podemos ignorar. La abstención nacional en 2024 alcanzó el 45.6%, el nivel más alto en décadas. En el voto en el exterior, la abstención fue del 81%: solo un 19% de los más de 864,000 electores inscritos ejerció su derecho. No estamos ante apatía, según el estudio del IIDH/CAPEL sobre la abstención electoral: estamos ante desafección política consciente. La mayoría de quienes no votan lo hacen como protesta, como rechazo a partidos que no representan, a promesas incumplidas, a un sistema que perciben clientelar y corrupto.
La paradoja es trágica: el 70.2% de los dominicanos en el exterior envía remesas, sostiene la economía de sus familias y comunidades. Pero ese vínculo económico no se traduce en participación electoral. Es la ciudadanía económica sin ciudadanía política. El presidente de la JCE calificó el estudio como una “alerta” que debe traducirse en acciones concretas. Se creó una Subcomisión de Abstención Electoral para dar seguimiento. Pero ninguna comisión sustituye la decisión personal. Ninguna ley reemplaza la convicción.
El problema de la abstención no es solo técnico o logístico; es espiritual y moral. Es el problema del hombre que ha dejado de creer que su voto importa. Es el problema del ciudadano que ha sido educado para obedecer, pero no para elegir. Es el problema del hijo que no aprendió a honrar, del hermano que no aprendió a compartir, del esposo que no aprendió a servir, del padre que no aprendió a gobernar, del abuelo que no aprendió a esperar. La crisis política es, en el fondo, una crisis de carácter.
Por eso, la abstención es un voto a favor de lo que criticamos. No es neutralidad; es complicidad. El clientelismo no es un favor; es una hipoteca sobre el futuro. Aceptar dádivas a cambio del voto es vender la dignidad y comprar una generación de ciudadanos endeudados con la mediocridad. La indiferencia política es el más costoso de los lujos. Creer que la política “no es contigo” es el error más grave: ella decide tus impuestos, tu seguridad, tu salud y la educación de tus hijos. Ignorarla es financiar tu propio perjuicio.
La verdadera soberanía popular se ejerce en la soledad de la reflexión, no en la euforia de la campaña. Votar por convicción exige análisis, evaluación de propuestas y trayectorias. Es un acto de inteligencia, no de emoción momentánea ni de lealtad partidista ciega. Votar por convicción no garantiza el triunfo, pero garantiza que tu conciencia está intacta. La derrota con dignidad es semilla de futuras victorias. La participación ciudadana es el único antídoto contra la tiranía silenciosa. Los autoritarismos no siempre llegan con tanques; a veces llegan con la complicidad de la abstención. Un ciudadano que vota es un ciudadano que vigila, que exige, que no se deja sorprender.
El contrato social se renueva cada vez que un ciudadano emite un voto libre. La democracia no es un edificio estático; es un ejercicio diario de responsabilidad. Cada elección es la oportunidad de reafirmar que el poder viene del pueblo y no de los partidos. Cuando asumimos nuestras responsabilidades sin excusas, el país deja de ser un sueño y se convierte en un proyecto real. El futuro no se espera; se construye con cada voto consciente.
De espectadores a protagonistas: ese es el amanecer de una nueva ciudadanía. No votes por miedo, por costumbre, por dádiva o por apatía. Vota por convicción. No es un trámite; es la herramienta más poderosa del ciudadano común. La abstención no es paz: es silencio que otorga poder a quienes no merecen gobernar. El clientelismo no es ayuda: es cadena. La indiferencia no es neutralidad: es entrega.
Que este artículo sea un despertador. Que cada línea sea una sacudida. Que al terminarlo, el lector no sea el mismo que lo empezó. Porque el verdadero legado no es lo que dejamos, sino lo que despertamos en otros. Y la patria no se hereda: se conquista cada día con dignidad, con memoria y con un voto que nace de la convicción.

Autor Rolando Espinal autor contenido digital en exclusiva para Foco público
