Henya Group con retrato de Henya

El reloj de arena y los oídos en la gaveta

Por Rolando Espinal
En exclusiva para Foco Público

Hay una imagen que no me abandona desde el lunes. La veo cada vez que cierro los ojos y trato de entender qué ha pasado en la cabeza de quienes rodean al presidente Luis Abinader. Es la imagen de dos oídos, perfectamente formados, funcionales, probados durante seis años de gestión, siendo guardados con cuidado en la gaveta de un despacho. No los oídos del hombre, no, los oídos del gobernante. Esos que durante sesenta y tantos meses han escuchado el rumor de la calle, el clamor del que no tiene voz, el reclamo del empresario, la angustia del desempleado, la furia contenida de un pueblo que no siempre sabe cómo decir lo que siente pero que siempre encuentra la manera de hacerse escuchar. Esos oídos, don Luis, han sido su mejor herramienta de gobierno. Más que los decretos, más que las leyes, más que los presupuestos. Porque gobernar es, ante todo, escuchar. Y usted lo ha hecho bien. No perfecto, porque la perfección no existe en la política, pero sí bien, lo suficientemente bien como para que la mayoría de los dominicanos, incluso los que no votaron por usted, reconozcan que su gobierno ha sido, en el balance general, aceptable. Y entonces, ¿por qué alguien, en su sano juicio, le recomendó guardar esos oídos en la gaveta justo cuando más los necesita? ¿Quién fue el artífice de este disparate, quién le susurró al oído que ya no debe escuchar, que el poder se ejerce mejor en el silencio monológico, que la transparencia se construye con monólogos en lugar de diálogos?

La pregunta no es ociosa. No es un simple ejercicio de retórica periodística. Es una pregunta que debería mantenerlo despierto en las noches, porque quien le dio ese consejo, don Luis, no está pensando en usted, no está pensando en su legado, no está pensando en la República Dominicana. Quien le sugirió que convirtiera “LA Semanal con la Prensa” en un circuito cerrado donde usted se pregunta y se responde a sí mismo, donde los periodistas miran desde afuera sin poder tocar, donde la dinámica del diálogo se sustituye por la coreografía del poder, ese alguien está cavando, sin que usted lo note, el hoyo donde su legado podría caer. Y lo peor es que usted, que ha demostrado tener olfato político, que ha sabido leer las mutaciones de esta nación con una sensibilidad que pocos mandatarios han tenido, parece haber comprado la idea sin hacerle el menor reparo. ¿Fue un asesor de comunicación? ¿Fue un ministro? ¿Fue un amigo con demasiada confianza? ¿Fue el miedo a la pregunta incómoda que siempre llega cuando la prensa está viva? No lo sé, y quizás nunca lo sepa. Pero lo que sí sé, don Luis, es que ese consejo es el peor que ha recibido en seis años de gobierno.

Porque durante estos seis años, usted ha usado esos oídos de una manera que merece ser reconocida. No siempre acertó, no siempre respondió con la rapidez que el momento exigía, pero siempre escuchó. Escuchó a los empresarios cuando el país temblaba por la pandemia y supo tomar medidas que mantuvieron el pulso económico. Escuchó a los sindicatos cuando el descontento social comenzaba a hervir, y aunque no siempre les dio lo que pedían, al menos les tendió un puente que evitó que el descontento se convirtiera en explosión. Escuchó a los medios, don Luis, y eso hay que decirlo con todas sus letras, porque durante más de dos años “LA Semanal con la Prensa” fue un espacio donde los periodistas pudieron preguntar, insistir y repreguntar, y usted tuvo la grandeza de responder, a veces con incomodidad, pero siempre con la dignidad de quien sabe que el poder se sostiene en la rendición de cuentas. Esa escucha activa, esa capacidad de ajustar su agenda a las mutaciones de la nación, ha sido su principal fortaleza. No es la economía, que ha tenido altibajos. No es la infraestructura, que ha tenido luces y sombras. Es su capacidad de estar atento, de percibir el pulso de la calle, de no perderse en la burbuja del Palacio Nacional. Y ahora, alguien le ha dicho que ya no necesita eso, que la recta final se recorre mejor con el volumen bajo, que la pregunta incómoda es un lujo que ya no debe permitirse. Y usted, don Luis, ha escuchado a quien no debía.

El nuevo formato, “LA Agenda Semanal”, es un ejercicio de narcisismo institucional envuelto en papel de transparencia. Usted llega, se sienta, pregunta a sus ministros, revisa indicadores, toma decisiones, y todo se transmite en vivo. Suena bien, suena moderno, suena a gestión ejecutiva. Pero no es diálogo, no es democracia, no es rendición de cuentas. Es un monólogo, don Luis, un monólogo donde el único guionista, el único director, el único protagonista y el único espectador crítico es usted mismo. La prensa queda afuera, mirando a través del vidrio, con las preguntas atragantadas en la garganta. Y usted, dentro, se pregunta y se responde, como un eco en una habitación vacía. ¿Eso es transparencia? No, don Luis. Eso es espejismo. Y el espejismo, en el desierto del poder, es el primer paso hacia la desorientación.

Pero hay algo más profundo que debería preocuparle, algo que va más allá del formato y del gremio periodístico. Es la soledad. El poder es un lugar solitario, usted lo sabe mejor que nadie. Cada día que pasa, el círculo se cierra, las voces sinceras se vuelven más escasas, los que le dicen la verdad se convierten en una especie en extinción. Y en esa soledad, los oídos son su único lazo con el mundo real. Cuando usted guarda esos oídos en la gaveta, no se está protegiendo de la prensa, se está protegiendo de la realidad. Y la realidad, don Luis, no perdona. La realidad llega siempre, aunque usted haya decidido no escucharla. Llega en las encuestas, llega en el descontento silencioso, llega en la conversación de los que votaron por usted y ahora se sienten traicionados, llega en las miradas que ya no son las mismas cuando usted pasa.

Y entonces, ¿qué pasará el 16 de agosto de 2026? Será un día de salida, un día de regreso a la casa, un día en que el reloj de arena que usted vive cada día se habrá vaciado por completo. Y en ese momento, don Luis, cuando ya no sea presidente, cuando el poder se haya ido como el humo, usted querrá tener el acompañamiento de quienes lo vieron gobernar. Querrá tener el respeto de los periodistas a los que les abrió la puerta, la gratitud de los ciudadanos que sintieron que su voz era escuchada, el reconocimiento de una prensa que pudo preguntar y que, al hacerlo, lo hizo más fuerte. Pero si usted sigue este camino, el de los oídos en la gaveta, el del monólogo sin preguntas, el de la puerta que se cierra justo cuando debería abrirse más, ese acompañamiento será menor, mucho menor del que podría tener. No habrá enemigos, no, usted no tiene enemigos en la prensa. Pero habrá indiferencia, y la indiferencia es peor que la crítica. La crítica duele pero dialoga. La indiferencia es el silencio definitivo, el silencio de quien ya no espera nada, el silencio de quien ha dejado de creer.

Usted ha sido, hasta ahora, un gobernante que ha entendido las mutaciones de nuestra nación. Ha sabido leer los cambios demográficos, los desplazamientos económicos, las nuevas demandas de una sociedad que ya no es la misma de hace una década. Ese oído fino, esa capacidad de sintonizar con el país real y no con el país imaginado por sus asesores, ha sido su gran don. No lo tire a la basura en la recta final. No permita que un mal consejo empañe lo que ha construido. Revisar esta decisión no es un acto de debilidad, don Luis, es un acto de inteligencia. Es decirle al país: “Sigo aquí, sigo escuchando, sigo siendo el presidente que se va con la frente en alto porque se va sabiendo que escuchó hasta el último día”. Haga la prueba. No se cierre. Abra esa puerta de nuevo. Deje que los periodistas pregunten, que insistan, que repregunten. Usted sabe responder, lo ha demostrado. No le tema a la pregunta, que la pregunta es el oxígeno de la democracia. Y cuando el 16 de agosto de 2026 llegue, y usted salga a su casa, salga con la certeza de que los oídos que usó durante seis años no fueron guardados en ninguna gaveta, sino que estuvieron siempre abiertos, siempre atentos, siempre al servicio de un país que lo eligió y que merece, hasta el último día, que su presidente lo escuche.

La creación nos puso dos oídos y una boca. No es un capricho divino. Es una instrucción. Escuche, don Luis. Escuche hoy, escuche mañana, escuche hasta que el reloj de arena se vacíe. Porque cuando el último grano caiga, no le preguntarán cuántos decretos firmó, le preguntarán si supo escuchar. Y la respuesta, don Luis, está en sus manos, y solo en sus manos. No en las de quien le dio ese mal consejo.

Rolando Espinal

Rolando Espinal es comunicador y analista político. Este artículo fue escrito en exclusiva para Foco Público.

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