Henya Group con retrato de Henya

La Emboscada que Durmió Cuatro Años

Rolando Espinal

Por Rolando Espinal | Foco Público

Hay pactos que se firman con sangre y otros que se firman con silencio. El que condenó a Carolina Mejía pertenece a la segunda categoría. Se selló en 2020, cuando el PRM necesitaba una alcaldesa presentable para la capital y David Collado necesitaba un trampolín para saltar más alto. Nadie lo escribió. Nadie lo grabó. Pero se cumplió con la puntualidad de un reloj suizo.

Collado abandonó la silla municipal en 2020 con las arcas saneadas y la ciudad remozada. Dejó a Carolina un listón imposible y una estructura administrativa que llevaba su impronta. Ella, honesta hasta la médula, en lugar de desmontar el tinglado y construir el suyo, se dedicó a continuar la obra. Restauró más de doscientas cinco plazas y parques. Sembró luminarias LED en el Ensanche Luperón. Transformó la laguna pestilente de la Urbanización Fernández en un pulmón verde premiado allende los mares. Liquidó la deuda corriente. Aumentó por quinto año consecutivo lo recaudado por recogida de desperdicios. Gobernó bien. Gobernó limpio. Y ese fue, precisamente, su pecado original: gobernar bien sin armarse para la guerra que venía.

Porque la guerra venía. Y venía calculada.

La teoría maquiavélica tiene un principio que los estrategas de Collado aplicaron con frialdad de cirujanos: el príncipe no debe nunca ceder el terreno que necesitará después. Carolina no lo entendió. Collado sí. Mientras ella se desvivía por la ciudad, él construía la red que lo sostendría después: los empresarios que financiaron su alcaldía, los oligarcas que apostaron por su nombre, la estructura mediática que lo convirtió en el ministro de las cifras brillantes. Once millones de turistas en 2024. Novecientos cuarenta y nueve mil empleos. Veintiséis mil millones de dólares al PIB. La ONU Turismo lo coronó “Ministro de las Américas”. Cada feria internacional fue un mitin disfrazado. Cada corte de cinta, un acto proselitista. Y nadie podía acusarlo de hacer campaña porque hacer campaña desde el MITUR es legal, ético y hasta patriótico.

El golpe maestro llegó en 2024. Collado no respaldó a Abinader por convicción ni por lealtad. Lo respaldó por cálculo. Esperó hasta el último segundo, midió el costo y el beneficio, y cuando el presidente necesitó certezas, puso su maquinaria a disposición. No fue un abrazo. Fue una transacción. El precio: que Carolina Mejía no fuera la vicepresidenta. El objetivo: correr solo al 2028, sin sombras que le estorbaran, sin herederos que le disputaran el trono. Abinader aceptó. Y Carolina, la alcaldesa más votada de la historia capitalina, la primera mujer en gobernar Santo Domingo, quedó fuera de la boleta vicepresidencial sin que nadie le explicara por qué.

Esa es la malicia que se planeó en 2020 y se ejecutó en 2024. No fue un accidente. Fue un diseño. Collado necesitaba que Carolina brillara lo suficiente para no opacar su propio ascenso, pero no tanto como para reclamar la vicepresidencia. La quería fuerte en el cabildo y débil en la convención. La quería eficiente para legitimar el partido y sumisa para no disputarle el futuro. Y Carolina, atrapada en la trampa de la buena fe, cumplió el guion sin saber que era el guion.

El problema, para los ideólogos del proyecto Collado, es que la familia Mejía no lee guiones. Los escribe. Don Hipólito Mejía, expresidente de la República, ha recorrido este país más veces de las que sus enemigos quisieran contar. Sabe de bellaquerías políticas lo que no saben juntos todos los asesores de imagen de Collado. Sabe que en política el que se va no vuelve, y que el que cede una vez cede siempre. Sabe que a los Mejía les toca el turno porque son el segundo sector del PRM, porque apoyaron a Abinader en dos campañas, porque han dado más batallas internas que cualquier tecnócrata de escritorio. Y su nieto, Juan Garrigó Mejía, hijo de Carolina, acaba de renunciar a un viceministerio para sentarse en la Secretaría General del PRM. No es un gesto decorativo. Es un apostadero. Es la señal de que los Mejía no se van a dejar arrebatar lo que consideran suyo.

Collado tiene la cúpula. Tiene los empresarios. Tiene el MITUR con sus cifras relucientes y su presupuesto millonario. Tiene, incluso, el respaldo presidencial que compró con su disciplina. Pero no tiene la calle. No tiene el apellido. No tiene la historia. Y en la política dominicana, la historia pesa más que cualquier encuesta pagada.

Luis Abinader lo sabe. Sabe que tiene en sus manos una convención que puede cerrarse en unidad o abrirse en carnicería. Sabe que Collado tiene amarrada la estructura, pero que Carolina tiene el pueblo. Sabe que si deja al MITUR funcionando como plataforma electoral, la contienda no será entre dos candidatos sino entre un ministerio y un cabildo, y esa pelea no tiene árbitro posible. La salida, aunque nadie la nombre, es quirúrgica: Collado debe salir del MITUR un año antes. Debe dejar el ministerio en manos de un técnico sin apellido, sin ambiciones, sin deudas con los empresarios. Solo entonces la contienda sería entre iguales. Solo entonces podría celebrarse una verdadera competencia interna, y que Dios reparta suerte.

Si Abinader no lo hace, todo se derrumba para Carolina Mejía, víctima de haber jugado limpio en un tablero donde los demás jugaban sucio. Las ingratitudes, esta vez, están a la vista de todos. Pero también está la advertencia de Don Hipólito, ese viejo zorro que ha sobrevivido a todos los que quisieron enterrarlo. Él sabe que el que ríe último ríe mejor. Y los Mejía, cuando se ponen duros, se ponen duros en serio.

La trampa se armó en 2020. Se cerró en 2024. Y ahora empieza a abrirse sola, porque las trampas, como los imperios, caen cuando menos se espera. Collado baja lento en las encuestas que no son suyas. Carolina sube. El círculo se estrecha. Y en el centro del círculo, Abinader tiene la llave.

Esto no ha terminado. Apenas comienza. Y lo que viene no se decidirá en Fitur ni en los medios ni en los consejos de administración. Se decidirá en una sala cerrada, con puertas de cristal, donde alguien tendrá que elegir entre la lealtad y la conveniencia, entre el partido y el proyecto, entre la historia y la ambición. No se marche. Esto se pone bueno.

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