
Por Rolando Espinal / Exclusivo para Foco Público
Tras conocerse los resultados, los acepto con humildad y sin ambages. No es la hora de excusas ni de negar la evidencia: el veredicto de las urnas merece respeto, incluso cuando no coincide con nuestras esperanzas. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado, conquistaron gobernaciones que parecían lejanas y avanzaron en tribunales estatales de enorme peso. La jornada dejó además hitos que la historia política de este país no puede ignorar: el primer gobernador negro de Florida, la primera gobernadora latina de Texas, la primera gobernadora nativa americana en Nuevo México. Son señales de un país que cambia, y ningún proyecto político serio puede gobernar de espaldas a esa realidad.
La democracia no se sostiene solo en la victoria; se prueba de verdad en la derrota, cuando somos capaces de reconocer al adversario, escuchar al electorado y preservar las instituciones por encima de cualquier interés partidista. Por eso no me sumo a la tentación de atribuir el resultado a la ausencia de un nombre en la boleta. Esa explicación, aunque circule con fuerza, no honra al electorado ni fortalece la causa que decimos defender. Los ciudadanos hablaron de economía, de costo de vida, de cansancio, de rumbo. Y cuando el electorado habla con esa claridad, la respuesta responsable no es buscar culpables fuera de nosotros, sino preguntarnos qué mensaje no supimos transmitir y qué acuerdos no supimos construir.
Sigo creyendo en los principios republicanos y mantengo mi apoyo al presidente Donald Trump como líder de un proyecto político que considera la libertad, la seguridad, la prosperidad y la soberanía nacional pilares esenciales. Ese respaldo no me exime del deber de civismo: precisamente porque creo en esa causa, estoy obligado a defenderla con respeto, sin sembrar desconfianza en el sistema y sin confundir lealtad con intransigencia. La lealtad a un líder no puede estar reñida con la lealtad a la Constitución, ni el combate político con la preservación de la legitimidad democrática.
El presidente Trump aceptó formalmente los resultados, pero lo hizo con un tono más desafiante que conciliador. Reconoció la victoria demócrata, dijo que estaba dispuesto a aceptarla y hasta admitió que sus adversarios “hicieron un buen trabajo”. Sin embargo, también sostuvo que no consideraba el revés como propio, criticó a correligionarios y advirtió con vetar legislación demócrata. Esa mezcla de aceptación formal y confrontación anticipada revela el dilema de nuestro tiempo: reconocer el resultado no basta si, al mismo tiempo, se prepara el terreno para la parálisis. Gobernar no es solo vetar; es también negociar, ceder donde sea razonable y sostener donde sea necesario.
Asumo este revés como un llamado a la reflexión, no como una rendición de convicciones. Trabajaré, desde mi lugar, para que el país encuentre un acuerdo nacional que devuelva estabilidad a la gobernabilidad, dignidad al debate público y confianza a los ciudadanos. Los republicanos debemos ser capaces de tender puentes sin renunciar a nuestras ideas, y de exigir responsabilidad al gobierno sin erosionar la legitimidad democrática. La política no es una guerra de trincheras; es un ejercicio de razón compartida. Y la razón, cuando se impone, no pertenece a un partido: pertenece al país.
El momento exige grandeza. Los demócratas tienen el control del Congreso y la responsabilidad de gobernar con sensatez. Los republicanos tenemos el deber de fiscalizar con firmeza, pero también con patriotismo. La ciudadanía, cansada de la grieta, espera resultados: precios más justos, instituciones confiables, un debate público que no insulte su inteligencia. Si cada fuerza política se encierra en su propio relato, la gobernabilidad se deteriora y la democracia se desgasta. Si, en cambio, somos capaces de buscar consensos sobre lo esencial, el país puede avanzar incluso en la diferencia.
Que este momento nos encuentre firmes en nuestros principios, generosos en el reconocimiento y serenos en la adversidad. Mi lealtad última es con Estados Unidos, su Constitución y su pueblo. Y desde esa lealtad, mantengo mi compromiso con la democracia, con el presidente Trump y con la esperanza de un acuerdo nacional que nos permita avanzar juntos. La hora no es de excusas ni de venganzas: es la hora del consenso.
