Por Rolando Espinal
Para Foco Público
Viernes 14 de agosto de 2026
Imagínensela. Una fila interminable que da la vuelta a la cuadra. Hombres y mujeres con la cédula en la mano, sudor en la frente y esperanza en el pecho. No hacen cola para pedir limosna. Hacen cola para cumplir con su deber cívico, para hacerse escuchar en las urnas desde el exilio. Pero la imagen se repite con una frecuencia obscena: la misma fila, los mismos rostros, la misma indiferencia, solo que esta vez no es para votar, es para pagar. Pagar por un pasaporte que se encarece sin aviso. Pagar por una legalización que no debería costar lo que cuesta. Pagar por un poder notarial que en la patria se tramita por una fracción. Pagar, pagar, pagar. Mientras los gobiernos de turno, todos, sin excepción, han convertido la diáspora en una máquina de hacer dinero fácil.
Aplicando el método científico a esta realidad, partamos de una observación que duele: al 31 de diciembre de 2025, la diáspora dominicana alcanzó los 3,030,647 ciudadanos distribuidos en 129 países. Entre enero y mayo de 2026, esos mismos ciudadanos enviaron a una cifra que ascendía a US$5,170.1 millones. Cifras que marean, que impresionan, que deberían avergonzar a cualquier gobernante con un mínimo de decencia. Porque cada dólar de esos no es un número frío: es la madrugada en un restaurante de Nueva York, es el turno nocturno en una fábrica de Madrid, es el domingo sin familia en Santiago de Chile. Es el sudor de un pueblo que no ha dejado de dar, aunque duela.
La hipótesis es clara: el dominicano en el exterior ha sido, durante décadas, el principal sostén económico de la nación, y sin embargo, ningún gobierno —del color que sea, del partido que sea— ha mostrado hechos concretos de reciprocidad. La evidencia se acumula como un expediente judicial que nadie quiere abrir.
Miremos los consulados. Esos espacios que debieran ser brazos protectores de la patria se han convertido en aduanas del lucro. En 2026, los precios de los servicios consulares han experimentado incrementos que no hacen sentido: renovación de pasaporte de seis años que pasa de 125 a 150 dólares; 10 dólares extra en la solicitud de doble ciudadanía; 20 dólares adicionales en cartas de ruta; hasta 60 dólares por servicios VIP en permisos de viaje para menores; y un dólar por cada fotocopia. ¿A quién beneficia esta escalada de precios? ¿Al trabajador que apenas puede costear el envío de su remesa mensual? No. Beneficia a una burocracia que ha aprendido a vivir de la necesidad del emigrante.
Y mientras tanto, los presidentes —todos, sin excepción— se pasean por la diáspora cada cuatro años. Llegan con sonrisas de campaña, prometen reformas que nunca llegan, recaudan fondos para sus partidos y se van. El mérito de la estabilidad económica que generan las remesas se lo llevan ellos, los de turno, los que se sientan en el Palacio Nacional y reciben el aplauso por un crecimiento que no construyeron. La vicepresidenta Raquel Peña valora la importancia de la diáspora, el presidente Luis Abinader dice que es una prioridad, pero las políticas no cambian. Los hechos son tozudos: maltrato en lugar de apoyo, explotación en vez de reciprocidad.
Ingratos. Todos. Malagradecidos. Sin importar el color de la boleta.
Por eso la esperanza no está en los discursos. La esperanza está en las urnas. Y la esperanza tiene fecha: mayo de 2028.
La iniciativa del gran José La Luz no es un sueño, es un programa: la diáspora elegirá a un candidato de la gente, alguien que no mire hacia el otro lado cuando se ponga la banda presidencial —esa que popularmente llaman la ñoña—. Alguien que sepa lo que es hacer fila en un consulado, lo que es extrañar el calor de los suyos, lo que es trabajar en tierra ajena para sostener una familia en tierra propia.
Porque la diáspora ha entendido que los diputados en el exterior no son más que un premio de consuelo, una migaja para callar el hambre de justicia. La diáspora quiere gobernar, no ser gobernada. Quiere un asiento en la mesa donde se deciden los presupuestos, las políticas exteriores, el destino de la nación. Quiere que el 2028 sea el año en que el remesante deje de ser solo el que envía dinero y se convierta en el que decide a dónde va ese dinero.
Imagínensela de nuevo. La fila en el consulado. Pero esta vez no es para pagar. Es para votar. Es para decir basta. Es para poner en el poder a alguien que entienda que la diáspora no es un cajero automático, es el alma de la patria. Esa imagen, la de la fila dando la vuelta a la cuadra con la cédula en alto, es la que llevará a ser escuchado el remesante. Esa es la imagen que derribará el muro de la indiferencia.
El método científico nos ha llevado a una conclusión irrefutable: la diáspora ha sido usada, explotada y ninguneada por todos los gobiernos. Pero la ciencia también nos enseña que toda acción genera una reacción. Y la reacción de 3 millones de dominicanos en 129 países, unidos por el mismo clamor, será un tsunami electoral que ningún político podrá ignorar.
El cierre es un grito que viene del exilio:
No queremos más promesas. No queremos más consulados que nos cobran por la dignidad. No queremos más presidentes que nos abrazan en campaña y nos olvidan al día siguiente. Queremos justicia. Queremos representación. Queremos un hijo de la diáspora en la vicepresidencia de la República.
La deuda es histórica. La paciencia se ha agotado. Mayo de 2028 es nuestra hora. La fila en el consulado ya no será para pagar. Será para votar. Y cuando esa fila se mueva, el país entero temblará.
Porque el dominicano que trabaja bajo el sol de cualquier latitud merece gobernar bajo el sol de su propia tierra. Y la ñoña, esa banda que tanto codician, por fin ceñirá la frente de alguien que entiende de verdad lo que es ser dominicano en el exilio.
Juntos, unidos, venceremos.

Rolando Espinal
Empresario, escritor y creador de contenido para medios alternativos
Foco Público
