¿Puede la palabra, dicha en el susurro de un teléfono o en el silencio de un balcón, vencer al estruendo del fusil y devolverle al pueblo el derecho fundamental que la Constitución le garantiza?

Por Rolando Espinal
En exclusiva para Foco Público

Hay un instante, apenas un parpadeo, en que el poder se vuelve vértigo, y ese vértigo no distingue entre el gobernante que se asoma al balcón de la gobernanza y el negociador que se asoma a la rendija de un camión secuestrado. Ocurre cuando el motor se apaga y el silencio se instala, ese silencio que pesa más que cualquier coraza y que precede a la decisión más difícil que un ser humano puede tomar: la de hablar, sabiendo que todos escuchan, o la de callar, sabiendo que el tiempo se agota. Recuerdo aquella madrugada, tomando café con un subinspector de la Policía Nacional en un local de la avenida 27 de Febrero, cuando él, con la parsimonia de quien ha visto caer gobiernos y rendirse delincuentes, me soltó la frase que aún retumba en mis cuadernos: “Rolando, el momento más peligroso no es cuando el secuestrador amenaza, es cuando deja de hablar. Porque si deja de hablar, la vida del rehén se convierte en un estorbo”. Esa confesión, dicha entre el humo del café y el cansancio de veinte años de servicio, me persiguió durante semanas, y al cruzarla con aquella otra máxima que un veterano diplomático me regaló en la calle Florida, en Buenos Aires—”la mediación no es un arte, es una penitencia donde el mediador debe parecer el más tonto para que el otro se siente a negociar”—comprendí que el puente del político y la cabina del camión son el mismo escenario, el mismo abismo, la misma cuerda floja donde la humildad no es una virtud decorativa, sino el único pasaporte válido para cruzar sin ser devorado. Porque así como el negociador no se acerca al camión con el fusil en alto, sino con la voz pausada y la escucha activa, así el verdadero estadista renuncia al gesto altivo del que todo lo sabe para adoptar la postura del que todo lo pregunta, y en esa postura, que los manuales de neuromarketing llaman “empatía” y la semiótica llama “congruencia”, se juega la legitimidad de toda la cadena de mando.

El teléfono que todos oyen—esa señal retransmitida en directo al puesto de mando, al fiscal, al ministro, a los periodistas y a los propios secuestradores—es el espejo perfecto del balcón desde el que el gobernante mira a la masa. En ambos casos, el público no solo escucha, sino que descifra. Lee la inclinación de la cabeza, la presión del pulgar sobre el auricular, la pausa antes de la respuesta, y en esa lectura instintiva, que ningún escáner cerebral puede manipular, distingue al artesano del charlatán. Recuerdo la llamada a las tres de la madrugada con el jefe de campaña de aquel candidato que perdió la elección por el tres por ciento, cuando me confesó llorando: “Nunca entendió que la humildad no se actúa, se vive. Puedes ensayar el gesto mil veces, pero si no lo sientes, el cerebro del votante lo detecta. Es como un ‘te quiero’ con los dientes apretados: sabes que miente”. El negociador del camión, en cambio, no necesita ensayar; sabe que su única arma es la coherencia entre su palabra y su mirada, y que si el secuestrador percibe una sola fisura en esa coherencia, el diálogo se rompe y la bala ocupa el lugar de la frase. Por eso, cuando los francotiradores ya están en posición y los comandos rodean el vehículo, el oficial al mando—ese hombre que podría ordenar el disparo y resolver el caso con un golpe de gloria—elige la opción más difícil: esperar. No porque sea cobarde, sino porque es inteligente; no porque ignore la ley, sino porque la conoce mejor que nadie, y sabe que el artículo 40 de nuestra Constitución, que garantiza la libertad y seguridad personal como un derecho fundamental, no se cumple con pólvora, sino con la pausa que antecede al disparo, esa pausa donde la palabra aún puede construir lo que el plomo solo sabe destruir.

Y es en esa pausa, querido lector, donde ocurre el milagro que parece imposible. El negociador, con la paciencia de un relojero y la escucha de un confesor, no interroga al secuestrador sobre sus exigencias, sino sobre su humanidad: le pregunta si tiene hambre, si tiene frío, si quiere que le acerquen un café. Parecen preguntas tontas, pero en ellas se esconde la clave de la mediación, porque al preguntarle a un hombre si tiene hambre, le estás devolviendo su condición de persona, le estás recordando que el monstruo que cree ser es solo una máscara que el miedo ha forjado, y que detrás de esa máscara sigue latiendo un ser que, como todos nosotros, prefiere el diálogo al disparo. Esa misma estrategia, esa misma renuncia al protagonismo, es la que distingue al líder que trasciende del que solo pasa, como aquel empresario español que fundó un imperio de infraestructuras y me confesó al retirarse: “Rolando, yo construí el puente, pero el puente no es para que yo lo cruce, es para que otros lo crucen. Mi obra no es el puente, mi obra es que otros lleguen al otro lado”. Así, el mediador político y el negociador policial convergen en un mismo punto ciego del poder: la admiración popular, ese eslabón perdido que tantos buscan con reflectores y encuestas, no se alcanza persiguiéndola, sino renunciando a ella; no se obtiene disparando, sino silenciando el fusil; no se decreta desde el cargo, se conquista desde la trinchera del servicio cotidiano, donde el gobernante se sienta en el suelo junto a las madres que han perdido a sus hijos, o el policía se queda horas al teléfono con un delincuente aterrado, sin más armas que su voz y su temple.

El tiempo, ese implacable cronómetro, corre en ambos escenarios. En el camión, los secuestradores bajan sus exigencias; en el balcón, el pueblo exige respuestas; pero en ambos casos, el verdadero líder sabe que la prisa es enemiga de la confianza, y que la fuerza solo se legitima cuando se ha postergado hasta el límite de lo posible. Por eso, cuando finalmente el chofer sale temblando del camión y corre hacia los brazos de los agentes, y los secuestradores deponen las armas uno tras otro sin que se haya disparado ni una sola bala, lo que ocurre no es un fracaso del Estado, sino su más alta victoria: la ley se ha impuesto, sí, pero no a través del estruendo que siembra pánico, sino a través de la persuasión que construye ciudadanía. Y esa, que no es una concesión retórica sino una obligación constitucional, es la seguridad ciudadana que el artículo 40 nos garantiza, esa que no se mide en operativos espectaculares ni en estadísticas maquilladas, sino en la certeza íntima de cada dominicano de que el Estado está de su lado, no para aplastarlo con su poder, sino para protegerlo con su palabra. He visto a alcaldes de barrios marginales lograr lo que los helicópteros no pudieron, simplemente sentándose en el suelo y escuchando en silencio; y he visto a negociadores policiales salvar vidas que ya estaban escritas en el parte de defunción, simplemente preguntando por el frío o el hambre del otro. Esa es la paradoja que la soberbia nunca entenderá: que el poder no se impone, se convence; que la autoridad no se decreta, se conquista; y que la única conquista que perdura, la que cruza el puente de la mediación y sobrevive al silencio del camión, es la que nace del reconocimiento voluntario del otro, de esa humildad que no se humilla sino que se yergue, que no renuncia sino que comparte, que no dispara sino que espera.

Cierro, pues, con la imagen de ese puente que se cruza y ese camión que se abre, porque en el fondo son la misma travesía: una cuerda floja tendida sobre el abismo de la desconfianza, donde cada paso es una palabra, cada vacilación es una escucha, y cada llegada al otro lado es la prueba irrefutable de que el ser humano, incluso en su peor momento, prefiere la vida al fusil. El negociador cuelga el teléfono, el gobernante baja del balcón, y el pueblo, ese gran descifrador de signos, observa en silencio. No aplaude, porque el aplauso es para los actores; pero confía, porque la confianza es el tributo que se paga a los que han demostrado, con su vida y no con su discurso, que el cargo es solo el medio y que la gente, siempre la gente, es el verdadero fin. La próxima vez que escuche el silencio de un teléfono o el rumor de una multitud, recuerde esta verdad que la teoría política ha extraviado y que la calle nunca olvida: imponer ley y orden no es tener el arma más grande, es saber cuándo no usarla; no es ganar el argumento, es no perder la conexión; no es ser el héroe, es permitir que otros lleguen a casa. Porque la última palabra, querido lector, no la tiene el gobernante ni el negociador, la tiene el ciudadano que, al cruzar el puente o bajar del camión, vuelve a abrazar a los suyos y, sin saberlo, nos devuelve a todos la certeza de que aún es posible gobernar sin disparar, y admirar sin temer. Esa es mi tesis. Y la dejo en el aire, como el eco de un teléfono que aún no cuelga, esperando su respuesta.

Rolando Espinal es empresario, creador de contenido y analista político, autor de dos libros. Colabora habitualmente con Foro Público, Medios Panorama y elavance.com

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