Ensayo periodístico | Teología, psicología y sociedad

Por: Rolando Espinal en exclusiva para Foco Público.
En el principio no fue el verbo. Fue el soplo. Dios tomó barro rojo, lo amasó con paciencia de alfarero, y sopló. No puso tierra en los ojos del ciego. No puso saliva en la lengua muda. Puso aliento. Y el barro se volvió alma viviente. Ese soplo es suyo. Él es dueño de la vida. Por eso entramos a este mundo por un túnel que no elegimos y salimos por otro que no firmamos. Entre esos dos túneles transcurre todo: el amor, el odio, la envidia, el perdón, la venganza.
Cuenta el Génesis, capítulo cuatro, versículo cinco: “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.” No dice que gritó. No dice que lloró. Dice que su cara se apagó. Esa es la primera descripción clínica de la depresión en la historia de la literatura universal. El rostro caído. La mirada baja. El silencio espeso. Y Dios, en vez de despreciarlo, le hizo una pregunta que aún retumba en los pasillos de los manicomios y en las aulas de las universidades: “¿Por qué estás enojado? ¿Por qué ha decaído tu rostro?” No lo trató como a un enfermo. No le untó lodo en los ojos. No le puso tierra en la herida. Le habló como a un ser libre. Le recordó que el pecado acechaba a la puerta, pero que él podía dominarlo. Le puso delante la vida y la muerte. Y Caín eligió la muerte.
La psicología bíblica no inventó el término “rechazo”. Pero lo describió con una precisión que Freud envidiaría. El rechazo no es solo un evento externo. Es una herida interna que reorganiza el alma. Caín no mató a Abel por odio puro. Lo mató porque el éxito de Abel le recordaba su propio fracaso. La ofrenda del otro era el espejo donde se veía su propia insuficiencia. Y en vez de romper el espejo, rompió al hermano. Los psicólogos modernos le llaman “dolor social”. Naomi Eisenberger, Universidad de UCLA, 2003: el rechazo activa las mismas regiones cerebrales que el dolor físico. La misma corteza cingulada anterior. La misma ínsula. El cerebro no distingue entre un golpe en el brazo y un golpe en el alma. Por eso Caín sintió que le habían partido el pecho. Por eso el rostro se le cayó. Por eso mató. La Biblia lo dice con una metáfora agrícola: el pecado acecha a la puerta. No entra por la fuerza. Espera. Se sienta en el umbral. Y tú decides si le abres o lo dejas afuera. Caín le abrió. Y desde entonces, la humanidad no ha dejado de abrir esa puerta.
Lamec, descendiente de Caín, se jactó: “Si siete veces será vengado Caín, Lamec lo será setenta veces siete.” La venganza se volvió linaje. Después vino el diluvio, porque todo designio del corazón era de continuo solamente el mal. Después Babel, la dispersión, los imperios, las guerras, los genocidios, las revoluciones que devoran a sus hijos. La historia universal puede leerse como un rosario de rechazos. El hermano rechazado por el padre. El pueblo esclavizado que se venga. La nación humillada que resurge con odio. El líder traicionado que purga a sus enemigos. Rechazo, enojo, venganza. La misma gramática de Caín, escrita siglos después, en una familia real, con espadas en vez de piedras.
Tomemos un caso que no viene traído por los pelos. Segundo libro de Samuel, capítulos trece al dieciocho. Absalón, hijo de David, se sintió postergado. Su hermano Amnón violó a su hermana Tamar. Y David, el rey, el padre, no hizo justicia. Absalón esperó dos años. Dos años de silencio, de rostro caído, de enojo fermentando. Después mató a Amnón en un banquete. Después se rebeló contra su padre. Después murió colgado de un árbol, atravesado por tres dardos. David lloró: “¡Absalón, hijo mío, hijo mío!” Pero ya era tarde. La venganza siempre cobra en moneda de dolor.
Llegamos al siglo XXI. Tenemos inteligencia artificial, redes sociales, cohetes reutilizables, edición genética, drones que matan por control remoto. Podemos ver la Tierra desde Marte. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en tiempo real. Podemos traducir cien idiomas en un segundo. Pero cuando nos sentimos rechazados, respondemos como Caín. Las redes sociales son altares donde presentamos nuestra ofrenda: una foto, un logro, una opinión. Esperamos el “me gusta” divino. Si no llega, si alguien nos ignora, si nos cancelan, si nos bloquean, el rostro decae. Y entonces aparece el enojo. Y el enojo busca venganza. Un comentario hiriente. Una captura de pantalla. Una campaña de desprestigio. Un hilo de odio. La tecnología amplifica lo que el corazón ya era. Los algoritmos premian la indignación. Las burbujas digitales nos convencen de que el otro es el enemigo. Las guerras híbridas se libran con noticias falsas y ciberataques. Los drones sobrevuelan aldeas y los misiles cruzan fronteras. Y en la vida cotidiana, el hombre moderno sigue preguntando con Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” Ahora lo dice con otras palabras: “No es mi problema”. “Él se lo buscó”. “Yo solo me defendí”. O simplemente: “No es mi vibe”.
En 2019, un estudio de la Universidad de Nueva York reveló que las personas que se sienten socialmente rechazadas tienen más probabilidades de apoyar políticas agresivas, de justificar la violencia y de deshumanizar a sus oponentes. No es metáfora. Es química cerebral. Es Caín con wifi. Los tiroteos escolares en Estados Unidos, según los propios informes del FBI, tienen un patrón que se repite: el perpetrador casi siempre fue alguien que se sintió rechazado, humillado, excluido. El rostro caído. El silencio. La venganza. La piedra convertida en AR-15.
Hay un detalle que suele pasarse por alto. Cuando Dios formó al hombre, no usó solo barro. Usó barro y soplo divino. Ese soplo es la diferencia entre un muñeco y un viviente. Dios no puso ni tierra ni saliva solo: puso aliento. Y ese aliento es suyo. Él es dueño de la vida. Por eso el hombre entra a este mundo por un túnel que no controla y sale por otro que tampoco gobierna. Nacemos sin pedir permiso; morimos sin firmar el acta. Entre esos dos túneles transcurre todo: el amor, el odio, la envidia, el perdón, la venganza. Y en ese tránsito, la raza humana sigue siendo la misma. Cambian las herramientas, no las pasiones. La tecnología avanza. El corazón no.
La historia de la humanidad no tiene que ser solo la historia de Caín. Puede ser también la historia de quienes, sintiéndose rechazados, no matan. De quienes, teniendo enojo, no se vengan. De quienes, pudiendo odiar, perdonan. José, vendido por sus hermanos, pudo vengarse y eligió perdonar. David, perseguido por Saúl, pudo matarlo en la cueva y solo le cortó el borde del manto. Esos también son parte del linaje humano. No el linaje de la piedra, sino el del soplo. La sangre de Cristo, dice Hebreos, habla mejor que la de Abel. La de Abel clama venganza. La de Cristo clama perdón.
Nacemos por un túnel que no elegimos y morimos por otro que no controlamos. Entre ambos, tenemos la libertad. Dios no puso ni tierra ni saliva solo. Puso soplo. Puso conciencia. Puso amor. Y espera que, esta vez, elijamos la vida. La humanidad sigue escribiendo su historia con la misma tinta de siempre: rechazo, enojo, venganza. Pero también puede escribirla con otra tinta: rechazo, enojo, reflexión, perdón, paz. Esa es la única salida del túnel. No la dará la inteligencia artificial. La dará el corazón. El mismo corazón que Dios sopló en el barro y que sigue latiendo, tercamente, en la tierra de los vivientes.
“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”
— Génesis 6:5
“Les daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vosotros el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”
— Ezequiel 36:26
La piedra o la carne. Caín o Abel. El algoritmo o el soplo. Tú eliges. Porque el rostro de Caín no se borró. Solo cambió de cara. Y sigue mirándonos desde el espejo.
Análisis | Cultura y Sociedad | Tiempo de lectura: 8 minutos
