La sociedad occidental ha entrado en un estado,más que de crisis,de francadisolución.

Los signos abundan y ninguna cantidad de sofisteria optimista puede hacernos
obviar la realidad.Tal disolución es el resultado final del desmantelamiento del armazón
metafísico que permitió construir,bajo la tutela de los axiomas morales de nuestra herencia
judeocristiana, una cultura donde el progreso material y los derechos individuales fueran,por
una vez,compatibles.Como un primer paso en el intento por detener o de alguna
manera,paliar las consecuencias del descalabro mencionado debemos emprender una
reevaluación del cristianismo,reevaluación más que necesaria, urgente pues ha sido
precisamente el descrédito de la religión cristiana a raíz de los avances de la ciencia
positiva,la principal característica del pensamiento moderno y postmoderno y,como tal,la
piedra fundacional del actual descalabro de nuestra civilización.


Bueno,más que de una reevaluación sería más preciso,quizá,hablar de una rearticulación
de las doctrinas del la religion cristiana , ya no en clave reformista, si no más bien a fin de
traducir el mensaje evangélico al lenguaje de nuestro tiempo.No se trata,desde luego,de
asunto de idiomas,que hablar en castellano sobre Dios implica categorías cuyas
diferencias,en términos temporales,son aún más agudas que las correspondientes en
alemán o ruso o chino.Quizá Dios no ha muerto,como sostiene la postmodernidad y
confundimos su silencio con una ausencia definitiva.Pero,quizá,peor aún,Dios no calla ni ha
callado nunca,pero nosotros hemos olvidado cómo escucharlo o,al no comprender los
lenguajes que utiliza hemos preferido silenciarlo pues nadie aguanta un ruido continuo e
ininteligible.


El consenso entre los pensadores dignos de así ser llamados,sostiene que Occidente ha
entrado en una fase postcristiana de su evolucion espiritual.La insostenibilidad de ciertos
elementos de la doctrina cristiana frente a las demandas del paradigma
racionalista/cientificista introducido a partir de la Ilustración permitió a algunos el
atrevimiento de predecir tal estado de cosas y así fuimos invitados a contemplar como
Nietzsche pasaba de la ironía melancólica al júbilo dubitativo a la alarma histérica dando a
conocer tan portentosa noticia,que no en poco debe haber contribuido a su colapso
final.Pasado el tiempo ya Heidegger se atreve a declarar sin sonrojo haber vivido la muerte
de Dios,o,más bien sobrevivido a ella, sugiriendo que el psiquismo colectivo de la especie
humana en general y de los pueblos del Occidente en particular, alcanzaba el estadio final
de confrontación con la muerte según la categorización de Kubler-Ross.Los filósofos y hasta
los teólogos del siglo XX daban por un hecho,finalmente,la muerte de Dios y más que
manifestar duelo o alivio iniciamos ipso facto el largo camino de la aceptación sin
percatarnos de que es realmente por el sujeto humano y no por el concepto Dios que las
campanas doblan.


Y llegados a este punto nos cuesta recorrer con la vista el panorama frente a nosotros y
preguntarnos quién ha muerto,si Dios o nosotros.”Ninguna civilización sobrevive a la muerte
de sus dioses” reza la célebre frase de Bernard Shaw y si el siglo XX puso de manifiesto las
formas más descarnadas de la voluntad de poderío,los albores del siglo XXI revelan formas
relampagueantes de intrusión del Id en el diario devenir de individuos y sociedades;y los
misterios de la muerte y de la locura anuncian el retorno terrible de la Gran Madre cuando
ya el drama de la Pasión es incapaz de contener los ímpetus de un Dionisio
redivivo.Debemos entonces elegir entre la incertidumbre del avance a ciegas y la catástrofe
de un retroceso vertiginoso a la más descarnada animalidad.No hay diablo capaz de ofrecer
pacto alguno en esta encrucijada y no hay de otra,solo tenemos dos opciones elegir con los
ojos cerrados o elegir con los ojos abiertos,bien abiertos.


1.1.Las encrucijadas,los caminos en cruz,representan el punto donde el individuo
debe,forzosamente elegir,izquierda o derecha,este u oeste,norte o sur.La pertinencia de tal
decision dependera de cuan informado este de las posibilidades que ante el se abren,de
cuán bien conozca las alternativas que se le ofrecen.Cabe entonces preguntar,que espera a
nuestra civilización occidental en uno y otro camino. Somos capaces de dejar a un lado
nuestra herencia judeocristiana? con que sustituiremos a nuestro Dios una vez asumamos
su muerte?.Podemos darnos tal lujo?.


Podemos resumir,de forma sucinta,la realidad de los últimos doscientos y tantos años de
historia del pensamiento occidental como el predominio de la razón instrumental sobre otras
formas de aprehensión de la realidad y,desde su propia óptica,la subsecuente invalidación
de estos modelos cognitivos alternativos.Dicho de otra manera,el verificacionismo positivista
ha terminado descartando todos aquellos discursos no susceptibles de ser articulados
desde el lenguaje de la ciencia y expresados,finalmente, como logro tecnológico.Esto
supone,de entrada, dos dificultades primarias:el sesgo de un paradigma que se atribuye a sí
mismo una exclusividad basada en premisas estrictamente pragmáticas e inmediatistas y la
invalidación de otras lecturas de la realidad que han sido capaces de estructurar discursos
que han servido de pilares de la civilización occidental tal como la conocemos hoy.
Antes de recomendar remedio alguno debemos primero diagnosticar la
enfermedad,conocer no solo sus signo y síntomas si no su naturaleza misma y la peculiar
manera en que se manifiesta,su fisiopatología.De forma sucinta podemos intentar una
hipotesis de trabajo:la actual condición de la civilización occidental resulta del abandono de
la cosmovisión que le permitió surgir como la forma de organización social más avanzada
vista por la Humanidad,para sustituirla por un enfoque reduccionista que pretende someter
la totalidad del mundo fenoménico a las exigencias de la razón instrumental.Dicho en otras
palabras:la invasión del racionalismo verificacionista a áreas del conocimiento y de la acción
humanas más allá de los tópicos originales de la ciencia positiva junto al descrédito y

debilitamiento de otros marcos conceptuales de probada eficacia, ha producido un
dislocamiento cultural potencialmente letal para Occidente.Antes de detallar los signos de
tal dislocamiento es menester que primero veamos en detalle las limitaciones del
cientificismo a la hora de intentar construir la armazón metafísica necesaria para lograr una
civilización digna del apelativo.


1.1.2.El método científico es,a todas luces,una herramienta para la solución de determinado
tipo de problemas y su carácter sistemático,la naturaleza de sus exigencias y el propio
lenguaje con el que se describen sus hallazgos determina que la gran mayoría de los
problemas que debe abordar el individuo común en su cotidianeidad no sean pasibles de
ser abordados desde dicho paradigma.Ya ha sido dicho que el cientificismo es la más
popular de las supersticiones contemporáneas y los fanáticos del verificacionismo
cientificista suelen ser malos científicos y peores filósofos.La ciencia es una actividad
especializada y el científico que apuesta a su reputación como tal para manejar temas que
desbordan el alcance de la misma, se descalifica automáticamente y se convierte en un
opinador más,otro doxoforo.Es el caso,dolorosisimo del indiscutiblemente genial Stephen
Hawking quien,en su afán de neutralizar el argumento cosmológico sustentado en la propia
Teoría del Big Bang presentó contraargumentos basados en constructos estrictamente
teóricos a los fines de diluir las consecuencias lógicas de un universo con un principio en el
tiempo,a saber, la necesidad del Movedor Inamovible de Aristóteles.


El reduccionismo cientificista es también problemático en otros aspectos divesos.Los
fenómenos a partir de los cuales la ciencia ha sido capaz de generar técnicas de
incuestionable utilidad práctica pertenecen a una categoría muy específica de
problemas:aquellos capaces de ser reducidos a una explicación mecanicista donde el
vínculo causal es fácilmente discernible dada su inmediatez;en la medida que dilatamos el
intervalo entre causa y consecuencia ya no es tan fácil catalogar determinado fenómeno
como una o la otra o ninguna.En el campo de la ética la relación causal se hace endeble
hasta la humareda y es poco menos que imposible,desde una óptica mecanicista,relacionar
la muerte atroz de un campesino judío del siglo I con el altruismo de un bombero
neoyorquino del siglo XXI a pesar de que,ciertamente,aquella terminó generando esta
última.


El establecimiento de vínculos causales se hace aún más peliagudo cuando se trata del
estudio de fenómenos de corte antropológico y social.A pesar de todos los intentos ha sido
imposible establecer para las así llamadas ciencias sociales una propuesta epistemológica
análoga a aquella que se aplica a las ciencias naturales. Cuando pasamos a las
Humanidades tales intentos rebosan la noción misma de futilidad siendo,como son,los
objetos de estudios de la ontología,de la estética,de la ética imposibles de cuantificación o
mesura.Así,en un primer momento,podemos determinar que las diferencias en cuanto al
objeto de estudio entre las llamadas ciencias positivas y las humanidades(para lo que aquí
nos concierne,las ciencias sociales son incluidas en esta categoría). imposibilita el
intercambio entre los mismos.


1.3.No solo es incapaz el discurso cientificista de explicar la totalidad de la realidad;resulta
aún más que evidente que su capacidad para explicar determinados aspectos del mundo
fenoménico de ninguna manera invalidan el poder análogo de otros discursos a la hora de
desentrañar las dinámicas que subyacen a otros elementos de la realidad en la que se haya
inmerso el hombre.Simplemente:hay categorías enteras de fenómenos que no son
traducibles al lenguaje científico y pretender que la capacidad descriptiva de éste respecto
de los fenomenos fisiologicos,por poner un ejemplo,descarta automáticamente la validez
descriptiva de la poesía lírica respecto de los fenómenos emocionales,es pretencioso hasta
el delirio.Cuando puso los juicios analiticos a priori más allá de los alcances de la razón
humana,Immanuel Kant intentó,con certeza profética,poner una suerte de freno profiláctico
ante los excesivas pretensiones del racionalismo que ya en el siglo XVIII podían distinguirse
en el horizonte del quehacer intelectual europeo.Si bien los filosofos tomaron nota del
llamado a la sobriedad implícito en la epistemología kantiana,especialmente en Alemania,en
Inglaterra y Francia se le hizo caso omiso y antes de cien años los delirios de Comte daban
testimonio de cómo la intelectualidad de la época fue incapaz de asimilar las lecciones de la
Revolución Francesa y su entronización de la diosa Razón como árbitro oficial de los
asuntos humanos.Por motivos que no alcanzamos a identificar esta actitud se ha mantenido
en boga y,a pesar de los dislates del postmodernismo,el pensamiento occidental ha
asumido los dictámenes del cientificismo con la intensidad supersticiosa del fanatismo
religioso.Por si fuera poco,más que ser asumidas para la búsqueda de correctivos, las
críticas que desde la postmodernidad filosófica se hacen al racionalismo y cientificismo han
terminado trasladando al ámbito de la epistemología las posturas relativistas que,de mano
del racionalismo positivista,habían sido asumidas en el ámbito de la axiología y la
deontología sumándose así a la confusión babélica de saberes y de haceres que
caracteriza al Occidente contemporáneo.


2.1. Pero si en al ámbito estrictamente teórico el cientificismo se muestra insuficiente,en el
plano práctico esta verdad es aún más evidente. Ya desde tiempos de Platón la
filosofía,entendida en su acepción más amplia como “madre de las ciencias”,incluía una
doble naturaleza:la ontología y la epistemología constituían el aspecto teórico de la misma
mientras que la ética(en el nivel individual) y la política(en el nivel colectivo) representaban
su aspecto práctico.Si una cosmovision materialista mecanicista resulta incapaz de alcanzar
a explicar la totalidad de lo real,incluso cuando se limita exclusivamente a intentar explicar
los fenómenos del mundo material,su insuficiencia es aún más conspicua en el campo de la
moral.De entrada,es imposible construir un discurso ético sobre bases exclusivamente
científicas y esto por una razón más que simple y que a todos debería resultar obvia: este
no es el campo de acción de la ciencia;esta última es,en otras palabras y debido a su
propia naturaleza,incapaz de hacer valoraciones axiológicas.


Irónicamente quienes más abiertamente pretenden ignorar estas verdades son los
apóstoles del cientificismo 2.0 hoy en boga. Así,Neil DeGrasse Tyson sugirió,sin sonrojo,la
construcción de una nación sobre preceptos estrictamente científico-racionales, sin
molestarse previamente en constatar que ya su utopia había sido intentada durante la
Revolución Francesa con un saldo de miles de muertos y,más adelante,en los experimentos
socialistas del siglo XX produciendo,en lugar de armonía,paz y bienestar,millones de
cadáveres.Y si para ser ilustrados sobre la incapacidad del racionalismo estricto para
servirnos como compás moral exclusivo en el plano individual, basta con mirar alguno de los
filmes de Woody Allen;para constatar,no sin alarma,la absoluta estupidez de llevar los
preceptos del mismo al plano colectivo. Solo hay que recordar la historia reciente.


2.2. Asumir que,de alguna manera,el uso de la razón es,por sí solo,capaz de constituirnos
en agentes morales es una de las más divertidas estupideces que circulan en los corrillos
virtuales protagonizados por los “new atheists” y sus corifeos.Afirmar que de alguna
forma,irónicamente milagrosa, el racionalismo materialista podría llegar a construir un
sistema ético comparable o aun superior al construido por 2000 años de cristianismo pone
de manifiesto la autocomplacencia imprudente de la arrogancia más que el optimismo
luminoso de la ingenuidad.Como ha venido ocurriendo desde tiempos inmemoriales,el
hombre tiende a enamorarse de sus creaciones y de sí mismo como ente capaz de
concebirlas y contra toda evidencia propone como panacea los mismos venenos que una y
otra vez producen muertes incontables.Tal es el poder de la mente humana cuando se
concibe a sí misma ocupando el lugar de Dios:en lugar de construir el mundo a partir de la
nada pretende que lo creado se conforme a su idea de lo que debe ser.


Pero,claro,no descartamos nada a priori y es mejor sustentar nuestros argumentos sobre
las evidencias que arrojan ambos:el registro histórico y el sentido común.Los adalides de
una ética cientificista podrían pretender referirnos a la obra de Spinoza,quien de hecho
desarrolló toda su propuesta en el lenguaje de la geometría;pero,de hecho,el célebre judío
holandés se limitó a utilizar dicho método para arrojar conclusiones a partir de axiomas que
ya venían dados en los contenidos de la tradición moral cristiana.En forma escueta:es
imposible desarrollar una propuesta ética totalizante a partir de los contenidos de la moral
pues,como ejemplifica el caso de la Alemania Nazi,la suspensión kierkegaardiana de lo
ético sería la regla más o menos constante y dependería exclusivamente del poder de
quienes tienen la capacidad de definir el imperativo categórico du jour.Si el
Estado,aludiendo a la primacía incuestionable de la razón,decidiera violentar una y otra vez
su propio código moral,siempre encontraría los argumentos adecuados a fin de justificar tal
violencia pues,como encarnación por antonomasia de la voluntad de poderío tiene siempre
a su alcance los medios para manipular el discurso y llevar a cabo la Solución Final de
turno.Tal supresión de lo ético recibe el nombre genérico de razón de Estado y quienes la
invocan,sea a nombre de la raza superior o de la clase emancipadora,siempre se presentan
como absolutamente racionales y,usualmente,razonables.


2.3. 1.Nadie ha analizado de forma más magistral los riesgos de construir un sistema ético
sobre bases exclusivamente racionalistas que Fyodor Dostoievski. La voz de la razón
asume el rol de Mefistofeles en la mente de Raskolnikof y no solo razona si no que es
también capaz de racionalizaciones en extremo sofisticadas: el homicidio no solo prometía
una serie de recompensas a este estudiante venido a menos, si no que, con toda
celeridad,su espíritu racionalista a ultranza,construyó todo un edificio conceptual capaz de
presentar el asesinato de su casera, no sólo como ventajoso, si no como definitivamente
loable y hasta altruista.Y debemos referirnos,necesariamente, a Goethe y su acertadísima
versión de un diablo para la modernidad,un ente más sofisticado que el Satanás
medieval,cuya oferta de apetitos carnales dirigidos a alimentar los demonios de la lujuria,la
gula,la avaricia,la ira,la envidia y la pereza palidece frente a ese único banquete del ego
humano hecho uno con el mayor demonio concebible,el demonio abrumador e insaciable
del orgullo. Así entonces apela la razón más que nada al orgullo,siendo,como es,la reina de
los humanos atributos,el ”querubín grande,protector” del libro de Ezequiel,colocado en el
mismo monte de Dios,en el cráneo(calvarium) donde precisamente ha sido colocada la cruz
que señala el triunfo del único capaz de aplastar la cabeza de la serpiente usurpadora;una
suerte de profilaxis psicoantropológica que hace 2000 años orienta nuestras prioridades.
2.3.2.No faltarán quienes reaccionen hostilmente ante la mención misma de la cruz
y,temiendo el advenimiento de una tirada de moralina sermonesca,prefieran abandonar en
este punto esta disquisición. A estos,una vez vencido el primero de mis impulsos que es
mandarlos a la mierda,les ruego paciencia y que presten atención a las verdades que
subyacen a estos símbolos.Si algo es urgente para este,nuestro siglo,es la capacidad de
escuchar pacientemente el consejo de los antiguos,la sabiduría de la
tradición.Reconocer,por doloroso que resulte a nuestra sensibilidad embotada por la
sucesión interminable de novedades que hay saberes que sobrepasan cualquier literalidad y
que la carga de verdad del dogma es mayor,en términos cuantitativos y cualitativos,que la
de la teoría científica.


Es el mismo Dostoievski quien profundiza en las cuestiones ya vistas y en su “Los
Hermanos Karamazov” vemos interactuar a los tres:Satanas,Mefistofeles y Cristo.Los
devotos de la versión medieval del diablo son,apropiadamente etiquetados como “Los
sensuales”,devotos de demonios menores,letales en el nivel más baladí,carnales hasta lo
ridículo.Dimitri y su padre son espíritus gemelos que se merecen uno al otro y entre quienes
el asesinato mismo,ni siquiera el parricidio,es capaz de agitar algún sentimiento de
sorpresa.Este sensualismo de borrachera y putas apenas puede arrancar un bostezo a las
encarnaciones modernas y postmodernas del mal.Y es que Mefistofeles recupera la
elocuencia y astucia de la serpiente en el Edén y,siendo como lo es el alma,
femenina,corrompe primero a la Eva más cercana y procede a emponzoñar cuantos edenes
se ponen a su alcance.En la novela de Dostoievski,Mefistofeles habla con la voz de Iván
Karamazov quien asedia incansablemente a su hermano menor Aliosha, con argumentos
irrefutables contra su estilo de vida,contra su fe,contra su Dios.Ya sea apelando a la
crueldad casual de unos padres rurales a las sutilezas de la religión organizada,Iván
siempre tiene la razón aunque Alyosha resulta tener la última palabra.El diablo medieval
termina preso,Mefistofeles enloquece y solo Alyosha continúa,de una u otra manera
intacto,habitando el Edén que ha hecho su hogar.


Pawlikowski parece alcanzar conclusiones análogas en su film de 2014,”Ida”.,donde una
novicia descubre simultáneamente sus raíces judías y la plétora de crueldad,de soledad y
de amargura que acechan a la existencia humana en una Europa que,apenas en algo más
de una década de posguerra, comienza ya a ahogarse en nuevos desencantos. Para Ida ni
siquiera las promesas del nuevo hedonismo sensualista que caracterizará la incipiente
postmodernidad tienen la fuerza de convicción necesaria para hacerla renunciar a la
seguridad que ofrece la vida en el convento;esa seguridad de la rutina,de los placeres
modestos,de la conformidad con un devenir incapaz de generar sorpresas ni sustos,de
alguna manera nos remite a Alyosha y su bondad tímida que finalmente triunfa,con una
sabiduría sin alardes,sobre los desvaríos de quienes han decidido construir su reino de los
cielos a partir de las expectativas de la carne y de la sangre. Y este es el otro aspecto a
considerar a la hora de continuar nuestro análisis sobre el ídolo cientificista y sus pies de
barro:la dimensión teleológica de esta cosmovisión.


2.4.Sucede que la ciencia nos permite averiguar porqués,pero no nos ayuda en absoluto a
establecer paraqués.Por su propio carácter la ciencia no se cuida de finalidades,un corolario
del carácter moralmente neutro de la actividad científica y,basta preguntarse sobre el
alcance potencial de la inercia utilitarista para ver claramente su tendencia nihilista.Y es que
la pasión científica en sí,la curiosidad despertada por el asombro y la belleza puede ser
también encauzada por la malicia y la monstruosidad: es seguro asumir Mengele se creía a
sí mismo a la par con Mendel y con Pasteur.resulta por demás obvio que el carácter
humanista de las labores de estos últimos no implica superioridad alguna pues no hay
diferencia de especie entre quien dedique sus esfuerzos a la humanidad in abstracto o a
cualquiera de sus encarnaciones históricas,desde el noble salvaje de Rousseau al proletario
de Marx pasando por el espécimen ario de los nazis.Cada uno es una excusa igualmente
valedera para las crueldades más inenarrables y la ciencia su instrumento perfecto.


2.4.1.Para mantenernos a tono con el zeitgeist digamos entonces que es válido asumir la
felicidad individual como telos de la existencia.La felicidad definida como sensación
subjetiva de bienestar o,cuando menos de ausencia de malestar:una suerte de equilibrio
entre la euforia y la ataraxia.Definición que inmediatamente manifiesta quedarse corta pues
la euforia es,por definición,breve(contrario a la vida, que es larga)y la ataraxia se presenta
como una suerte de mediocridad hedionda a budismo.Y si la felicidad no es una simple
presencia ni,mucho menos una sola ausencia,que es entonces?.Para entender el concepto
de felicidad hay primero que entender su sinónimo más escueto y modesto:el
contentamiento.


El término contentamiento se halla estrechamente relacionado al de satisfacción.”Barriga
jarta,corazón contento” reza el dicho con el que la sabiduría popular resume la enseñanza
de milenios de evolución biológica y cultural:el contentamiento corresponde al estado
fisiológico que se manifiesta al satisfacer un apetito y tal satisfacción implica siempre una
medida que está determinada,a su vez,por las expectativas relacionadas con el objeto del
apetito.La correspondencia entre aquellas y el efecto generado por la adquisición y
consumo del objeto deseado es directamente proporcional al nivel de satisfacción obtenida
y la felicidad,en tales condiciones,corresponde al nivel más elevado de satisfacción
sostenido a lo largo del tiempo y las circunstancias.Esta definición
materialista,hedonista,subjetivista de felicidad adolece de una serie de dificultades que,de
momento,escapan a los alcances de esta reflexión. Llamemos a la antedicha una definición
positiva de la felicidad y analizemos,inmediatamente,la de sentido inverso. En otras
palabras aproximemonos a la concepción negativa de felicidad como ausencia de dolor o
discomfort..

2.4.2.No es un ejercicio baladi el intentar establecer los puntos de contacto entre Marco
Aurelio y Gautama Siddhartha,un mapeo simultáneo de la ataraxia y del nirvana.De
cualquier forma parece mediocre,sabe a cobarde,el conformarse con una ausencia más o
menos duradera,de noxias.Una situacion analoga sería congratularse por el celibato
involuntario al no deber haberse expuesto a la desnudez de alguna fea.Que nos queda
cuando decidimos,parafraseando a Silvio Rodríguez, que no vale la canción buena
tormenta ni que la compañía vale soledad?.Nos falta,más que palabras,imaginación para
contestar tal pregunta, pero una cosa parece ser evidente:,la noción misma de un remedo
de felicidad así definida,resulta repugnante al espíritu occidental contemporáneo.Poco o
nada importa el impacto más o menos duradero de muchos de los postulados del
estoicismo,presentes como están,incluso,en las raíces de buena parte de las doctrinas
cristianas.Vale la pena,en este punto,reducir el problema a dos preguntas pertinentes:en
qué consiste esta forma negativa,por así decirlo de felicidad? y,es capaz el paradigma
cientificista y la propia tecnología que de él nace,de garantizar que lleguemos a alcanzarla?.


Primero que nada,debemos confrontar nuestro escepticismo como lo que es:el eco de
una cosmovisión hedonista que instintivamente asocia felicidad con logro a partir de la idea
de que la misma solo se consigue mediante la satisfacción activa de una pulsión o deseo.Es
la actitud propia de una cultura individualista centrada en el consumo y pone de manifiesto
la aceptación de dos premisas básicas:el sujeto es responsable de obtener su propia
felicidad y puede obtenerla al través de un proceso transaccional entendido,en última
instancia, como compra.

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